“Sería un miércoles” por Guido Finzi

Sería un miércoles, pero igual podría haber sido un lunes, un martes o sábado porque, desde que me había estrenado en mi condición de autónomo inactivo, todas las semanas se sucedían uniformes y tediosas, y lo mismo daba un día que otro. Como venía siendo costumbre, me levanté temprano, miré mi cuenta de correo y la pantalla de mi móvil, aunque sólo fuera para confirmar que nadie se había acordado de mí (la gente normalmente se acuerda de uno cuando precisa algo o cuando se siente mal) y que mis proyectos laborales seguían vagando por la galaxia de la Nada en espera de un milagro que los pusiera en la órbita de la realidad. Sin dejarme arrastrar por el desánimo, me duché, perfumé, elegí una camisa blanca, más por despistar al día soleado que se presagiaba que por coquetería, unos vaqueros nuevos y unos zapatos negros apenas estrenados. Para completar el conjunto, me puse una sortija de plata, comprada en Roma, en el dedo anular de mi mano derecha, y un reloj extraplano en la muñeca izquierda. Sonreí al mirarme al espejo y pensé, con claro prejuicio supersticioso, que los grandes cambios comienzan por las cosas pequeñas y que es precisamente en los momentos difíciles, donde más hay que mantener la pulcritud y elegancia. Nunca fui propenso a la depresión y no me seducía cambiar la tendencia así que, sino animado por lo menos tranquilo, me eché a la calle dispuesto a repetir los ritos que venía reiterando de un tiempo a esta parte: desayunar en el bar, y darme un paseo por el barrio. Son dos formas sencillas y baratas de combatir la neurosis.

El bar es uno que hace esquina, sin más particularidades, que queda cerca de casa y donde, dependiendo de la hora, se reúne un tipo de gente u otro. A la hora que yo iba me tocaba el de los Einstein: aquellos que dicen poblemas y almóndigas, mueven los labios al leer, sorben al beber, mojan las porras en el café con leche dejando la barra perdida de goterones y se emboban viendo un televisor, siempre encendido, donde las noticias últimamente se enquistan en la R, hablando de recortes, recesión y rescate. Un poco más tarde, cuando este grupo abandona el local, aparecen los enfermeros y médicos de un hospital cercano, y los pimpollos trajeados de dos bancos y una aseguradora aledaña. Son los grupos de las batas y los cuellos azules. Antes de la crisis, también se apuntaban los corbata verdes de Tecnocasa pero, con el batacazo inmobiliario, terminaron cerrando la oficina que tenían a unos doscientos metros y se fueron a desayunar a otra parte.

Obviando el elenco humano (al principio costaba, porque los veía con interés de entomólogo), me concentré en leer el periódico, devorar  mi barrita tostada con aceite y tomate y beber mi café americano sin azúcar. Al terminar, animado por la cafeína y una extraña y absurda sensación de actividad, salí a caminar, a dar rienda suelta a la estéril y especulativa ebullición de mis neuronas, y a eludir pensar en mi condición de daño colateral de la crisis porque, de hacerlo, caería en lo peor que está trayendo esta nueva coyuntura: la habituación a la tristeza, a ése sentirse como si fuera invierno y te acabara de dejar novia. Como apunté antes, no soy propenso a la depresión y estoy mayor para andar cambiando. 

Ese miércoles, por alguna razón que se me escapa, no me sosegó el habitual paseo por los alrededors de casa. Me notaba especialmente inquieto, a la par que bajo de ánimo. Ante semejante cuadro clínico, se me hizo inmediato el tratamiento: un paseo más largo, y un cambio de entorno. Sentía la necesidad de cambiar de paisaje, de contemplar un poco de belleza, del verde de la naturaleza y del gris de edificaciones distinguidas por su excelencia. Sin darme cuenta, mis piernas me impulsaron hasta Madrid Río, donde caminé por sus carriles para peatones, me asomé a ver los patos nadando por el Manzanares y tomé una cerveza en la terraza de un kiosco. Después, sintiéndome algo mejor, me eché a caminar por la calle Toledo, dejando para la vuelta unos caracoles y un vermú en el Bar Los Caracoles, hasta llegar a la Plaza Mayor, donde los turistas disparaban fotos sin mesura y un par de mimos se asfixiaban de calor en trajes fuera de temporada. Atravesé el recinto y giré por la calle Mayor a la izquierda, perdiéndome por parajes del Madrid de los Austrias a los que tengo particular afecto y donde se ubica un buen ramillete de edificios decimonónicos en los que no me importaría vivir. Como tampoco me importaría hacerlo en alguna de las imponentes construcciones que dan a la Plaza de Oriente, donde los guiris compran abanicos, los gitanos rumanos tocan el acordeón y la burguesía de toda la vida pasea a  labradores o golden retriever con no menos pedigrí que sus dueños. A continuación, rodeé el Teatro Real y encaré la calle Arenal rumbo a la Puerta del Sol, soportando el sol que, como corresponde a un mediodía normal de prematuro verano madrileño, castigaba como si uno le debiera dinero. En el kilómetro cero eludí el gentío y tomé Carrera de San Jerónimo hasta su confluencia con Ventura de la Vega, donde se ubica uno de mis restaurantes favoritos y que, sin duda es, al que más he acudido en mi vida: La Cabaña argentina. “Paso a mirar” nada más, me mentí, sabiendo que el aroma a carbón y carne que salía por la puerta me arrastraría del hocico hacia dentro. Ni siquiera esto hizo falta porque justo a la entrada del local estaba el dueño, Alejandro, y nos metimos para adentro a la vez, poniéndonos al día desde la última vez que nos vimos y soltando pavadas sin más miramiento que aprovechar el encuentro para reírnos un poco. Cuando abandoné el restaurante, gozosamente lleno por la carne pampeana y un vinito de la Ribera del Duero que se dejaba tomar sin ningún esfuerzo, era ya tarde y al sol le habían quitado protagonismo unas nubes oscuras cargadas de agua. Ni tiempo tuve de llegar a la Plaza de Canalejas cuando se largó a llover con fuerza. Esperé bajo una cornisa a que amainara un poco, pensando en lo hermosos que se ponen los edificios viejos a la luz de los días lluvioso y en las ganas que tenía de comprar un libro.

Decidido, crucé en diagonal hasta la vecina calle Príncipe donde sabía que, a mitad de la misma, había una librería. Compré un ejemplar de “La playa”, de Cesare Pavese y, con el libro bajo el brazo e indiferente a la llovizna persistente en que se había transformado el aguacero inicial,  me dirigí al metro Sol (el más cercano) con ánimo de regresar al hogar. Ya no me sentía mal, aunque tampoco alegre ni contento, pero sí esperanzado en que vendrían tiempos mejores, y celoso de que cierta genial frase, que había escuchado a la veterana actriz argentina Graciela Borges, no se me hubiera ocurrido a mí: “los que pasean, no se suicidan”. “Tenía razón”, me dije, pero estaba tan molido que no quise seguir pensando. Cerré los ojos y me quedé dormido, mecido por el traqueteo del Metro y ansioso de agarrar la cama.

Anuncios

Un pensamiento en ““Sería un miércoles” por Guido Finzi

  1. raimunda dice:

    Genial…
    Besitos por kilos.. Tengo una cosita para ti. Por fin la he encontrado

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: