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“Tres porteños charlando de publicidad en una pizzeria del centro de Madrid” por Guido Finzi

Hace escasas semanas, me parece que un miércoles, sucumbí al antojo de tomar comida italiana, y me acerqué a una pizzería ubicada frente a la Plaza de Isabel II, en pleno Madrid de Los Austrias. El pequeño local, que ocupaba la planta de debajo de un conocido Café y que había cambiado de dirección varias veces en las últimas dos décadas, elaboraba unas pizzas que me hacían evocar a celebrados establecimientos porteños, por lo que era muy común encontrarse a argentinos comiendo al lado de uno. Tampoco resultaba extraño coincidir con nombres conocidos del cine, el teatro o la tv: la mayoría vivían en la zona, y acudían a la llamada de una fama que corría de boca a boca, pretendiendo mantenerse en un falso anonimato parapetándose tras un sombrero y unas gafas de sol.

Ese miércoles (pongámosle que era miércoles, pero lo mismo podía ser un jueves), el comedor estaba poco concurrido. Todavía era pronto, así que la gente aún estaba llegando, lo mismo que mi pedido. Mientras aguardaba la pizza margherita que había encargado y saboreaba una cerveza helada, tres argentinos hicieron su entrada, ocupando una mesa contigua a la mía, y despertando mi interés de inmediato.

Si bien habitualmente me desentiendo de las conversaciones ajenas, ya sea por educación o por mera indiferencia, en ésa ocasión y sin duda por causa del origen común que nos unía, me esforcé en escuchar de qué hablaban. De inmediato deduje que eran porteños (el acento y la pose los hace inconfundibles) y con el transcurrir de la charla fui sacando en claro que uno trabajaba en Publicidad (llamémosle Martín), otro se dedicaba a la Informática (pongámosle Alejo) y el tercero (Gustavo) era un enigma. Lo que hablaron fue, más o menos, lo siguiente:

M: Mirá, lo que pasa con la publicidad, es que se ha desprestigiado mucho
G: Pues yo creo que fuera del medio, todavía mantiene cierta aureola de sofisticación, cosmopolitismo, ingenio, y que sigue seduciendo a mucha gente
M: Pero esa gente no entiende un carajo. En la publicidad no hay glamour y mucho menos lo que vos decís
A: Sí, la verdad es que hay mucho desubicado
G: A mí, lo que me llama la atención es cómo se desprecia a la imaginación y la inteligencia, cuando se supone que deberían ser piezas claves de sus mecanismos…
A: Pero no sólo en la publicidad, eso también pasa en el cine, la televisión o el sector editorial. Hay una indiferencia absoluta por lo excéntrico, lo fuera de lo común y lo sorprendente. Parece que no aspiran más que a perpetuarse siempre en las mismas fórmulas
M: Y, claro; es un negocio, flaco y cualquier otra consideración, para ellos es un error, aunque le pongan un falso envoltorio: los creativos no son creadores ¿cuál fue el último comercial bueno que viste? Lo peor es que se creen artistas. Para ser creativo sólo te hace falta conocer a alguien. Estos tipos no tienen más talento que el muestran por fuera, con sus peinados raros, sus camisetas de promoción o con frases ingeniosas y su andar desganado como si vivir les doliese
G: O sea, que yo mismo podría ser creativo
M: Y… si conocés a alguien, sí
A: Yo voy todas las semanas a la agencia a la que les llevo todo el asunto informático y te puedo decir que allá no hay ningún Einstein. Empezando por el jefe, pasando por el director creativo y llegando a los demás. La más piola, me parece que es la telefonista que, por cierto, está rebuena
G: Che ¿y cuánto gana un creativo?
M: Y no sé…dos mil y pico euros
C: No jodás, negro ¿no podés buscarme un hueco en alguna agencia?
M: ¿Y qué te pensás? ¿qué vos ibas a aguantar?. Si vos detestás la frivolidad y la apariencia. Además, vos sos demasiado culto ¿un tipo que lee a Borges en Publicidad? Me acuerdo que cuando yo iba a la facultad, nos enseñaban hasta Teología
A: No sabía que ganaban tanto esos pibes. Me dejás impresionado
M: ¡Y más! pero eso no es nada. Mirá, cuando trabajaba con Agulla y Baccetti, había cuatro directores creativos, y cada uno se llevaba 15000 dólares. Pero claro, aquello era otra historia; estabas reunido y de pronto aparecía Agulla y decía: ¿en qué andan?. Le explicabas y el tipo al rato te soltaba: “y por qué no lo enfocan así” y te tiraba una idea, que te rompía la cabeza. ¡Eran dos capos!
G: Leí en un libro que cuando Dreyfus vino a España, un día fue a hablar con el jefazo de una agencia y le mencionó a Luis Puenzo para que rodara un anuncio. El otro le preguntó: ¿y ése quién es? “uno que ganó un Oscar”, le respondió el ruso, así que imagínate el nivel
A: Y además tuvo un lío con Jane Fonda ¿no?
G: Creo que sí, pero yo no estaba delante jajaja
M: ¿Sabés lo que pasa? que las agencias están dirigidas por mediocres, que vienen de otros campos y que para dárselas de algo, contratan a gente más mediocre que ellos así no le hacen sombra. Todo es negocio. Les importa un bledo la calidad de los trabajos…..
A: Sí, pero los clientes no exigen…?
M: A los clientes les da igual. Lo único que les interesa es que la campaña le salga barata
G: De cualquier forma, estamos hablando de Publicidad, no de arte. ¿Así que para qué hacerse mala sangre?
A: Tenés razón, dejémonos de joda y pasá el vino.

 

Ya está a la venta el primer libro digital de relatos de Guido Finzi: “Rumbo sur y otros relatos”
http://literaturascomlibros.es/2012/10/31/rumbo-sur-y-otros-relatos/

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El paraíso de la de Bringas

En el centro de Madrid conviven los locales más modernos con los más antiguos, las últimas tendencias con el apego a la tradición. A muy escasos metros de la Puerta del Sol, todavía existe un puñado de comercios de principios del siglo pasado que siguen ofreciéndonos todo tipo de artículos indispensables y fundamentales para la vida moderna: cintas, pasamanería, pedrería, cuentas, plumas, madroños, pompones, borlas, encajes, puntillas, hilos, cordones, flecos, bordados, etc.

            

En torno a la plaza de Pontejos y a la calle del Marques Viudo de Pontejos – caballero gallego que fue corregidor de esta la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid y que  entre sus muchos méritos están ser el fundador de la primera caja de ahorros de España, germen de la tan vapuleada y vilipendianda Bankia, de terminar el Paseo de la Castellana y de haber implantado la numeración de las calles en 1835, ordenando colocar carteles con el nombre en sus extremos – se encuentran diversas tiendas dedicadas a la venta de todo tipo de accesorios de labores, mercería, bisutería y telas. Un auténtico paraíso para  “la de Bringas” galdosiana.

 

Nuestras madres siempre lo tuvieron muy claro. Cuando de pequeños nos hacían ropa o tenían que arreglar alguna prenda, en Pontejos tenían lo que necesitaban. Confiaban plenamente y sabían a ciencia cierta que allí encontrarían esas rodilleras con la cara de Mickey Mouse para el peque de la casa, la pasamanería para el vestido de la boda, los botones del abrigo de los domingos… Era un hecho cierto que si no lo encontraban en Pontejos, no existía.

De entre todas las tiendas de la zona destacaría a tres:  la Comercial Amparo, fundada en 1916, llama la atención por su colorida fachada de cristales pintados con bellas damas y por la soberbia escalera de madera de su interior. El Almacén Pontejos, de 1913, es mucho más discreto, conserva la decoración típica en madera de los comercios madrileños del principios del siglo XX. Los Almacenes Cobián son los mas nuevos, los mas grandes y, también, los mas feos de los que hay en la zona.

Según leía en una entrevista realizada a los propietarios del Almacén Pontejos, parece ser que es uno de los pocos sectores que todavía no se ha visto gravemente afectado por la dichosa crisis que nos aplasta. En cierto modo, los productos de mercería se han visto favorecidos en sus ventas, ya que la gente recicla, cambia y cose sus propias prendas. Ya lo adelantaba en unos de mis primeros artículos, confeccionarse uno mismo la ropa está de moda.
 
 
      

“Sería un miércoles” por Guido Finzi

Sería un miércoles, pero igual podría haber sido un lunes, un martes o sábado porque, desde que me había estrenado en mi condición de autónomo inactivo, todas las semanas se sucedían uniformes y tediosas, y lo mismo daba un día que otro. Como venía siendo costumbre, me levanté temprano, miré mi cuenta de correo y la pantalla de mi móvil, aunque sólo fuera para confirmar que nadie se había acordado de mí (la gente normalmente se acuerda de uno cuando precisa algo o cuando se siente mal) y que mis proyectos laborales seguían vagando por la galaxia de la Nada en espera de un milagro que los pusiera en la órbita de la realidad. Sin dejarme arrastrar por el desánimo, me duché, perfumé, elegí una camisa blanca, más por despistar al día soleado que se presagiaba que por coquetería, unos vaqueros nuevos y unos zapatos negros apenas estrenados. Para completar el conjunto, me puse una sortija de plata, comprada en Roma, en el dedo anular de mi mano derecha, y un reloj extraplano en la muñeca izquierda. Sonreí al mirarme al espejo y pensé, con claro prejuicio supersticioso, que los grandes cambios comienzan por las cosas pequeñas y que es precisamente en los momentos difíciles, donde más hay que mantener la pulcritud y elegancia. Nunca fui propenso a la depresión y no me seducía cambiar la tendencia así que, sino animado por lo menos tranquilo, me eché a la calle dispuesto a repetir los ritos que venía reiterando de un tiempo a esta parte: desayunar en el bar, y darme un paseo por el barrio. Son dos formas sencillas y baratas de combatir la neurosis.

El bar es uno que hace esquina, sin más particularidades, que queda cerca de casa y donde, dependiendo de la hora, se reúne un tipo de gente u otro. A la hora que yo iba me tocaba el de los Einstein: aquellos que dicen poblemas y almóndigas, mueven los labios al leer, sorben al beber, mojan las porras en el café con leche dejando la barra perdida de goterones y se emboban viendo un televisor, siempre encendido, donde las noticias últimamente se enquistan en la R, hablando de recortes, recesión y rescate. Un poco más tarde, cuando este grupo abandona el local, aparecen los enfermeros y médicos de un hospital cercano, y los pimpollos trajeados de dos bancos y una aseguradora aledaña. Son los grupos de las batas y los cuellos azules. Antes de la crisis, también se apuntaban los corbata verdes de Tecnocasa pero, con el batacazo inmobiliario, terminaron cerrando la oficina que tenían a unos doscientos metros y se fueron a desayunar a otra parte.

Obviando el elenco humano (al principio costaba, porque los veía con interés de entomólogo), me concentré en leer el periódico, devorar  mi barrita tostada con aceite y tomate y beber mi café americano sin azúcar. Al terminar, animado por la cafeína y una extraña y absurda sensación de actividad, salí a caminar, a dar rienda suelta a la estéril y especulativa ebullición de mis neuronas, y a eludir pensar en mi condición de daño colateral de la crisis porque, de hacerlo, caería en lo peor que está trayendo esta nueva coyuntura: la habituación a la tristeza, a ése sentirse como si fuera invierno y te acabara de dejar novia. Como apunté antes, no soy propenso a la depresión y estoy mayor para andar cambiando. 

Ese miércoles, por alguna razón que se me escapa, no me sosegó el habitual paseo por los alrededors de casa. Me notaba especialmente inquieto, a la par que bajo de ánimo. Ante semejante cuadro clínico, se me hizo inmediato el tratamiento: un paseo más largo, y un cambio de entorno. Sentía la necesidad de cambiar de paisaje, de contemplar un poco de belleza, del verde de la naturaleza y del gris de edificaciones distinguidas por su excelencia. Sin darme cuenta, mis piernas me impulsaron hasta Madrid Río, donde caminé por sus carriles para peatones, me asomé a ver los patos nadando por el Manzanares y tomé una cerveza en la terraza de un kiosco. Después, sintiéndome algo mejor, me eché a caminar por la calle Toledo, dejando para la vuelta unos caracoles y un vermú en el Bar Los Caracoles, hasta llegar a la Plaza Mayor, donde los turistas disparaban fotos sin mesura y un par de mimos se asfixiaban de calor en trajes fuera de temporada. Atravesé el recinto y giré por la calle Mayor a la izquierda, perdiéndome por parajes del Madrid de los Austrias a los que tengo particular afecto y donde se ubica un buen ramillete de edificios decimonónicos en los que no me importaría vivir. Como tampoco me importaría hacerlo en alguna de las imponentes construcciones que dan a la Plaza de Oriente, donde los guiris compran abanicos, los gitanos rumanos tocan el acordeón y la burguesía de toda la vida pasea a  labradores o golden retriever con no menos pedigrí que sus dueños. A continuación, rodeé el Teatro Real y encaré la calle Arenal rumbo a la Puerta del Sol, soportando el sol que, como corresponde a un mediodía normal de prematuro verano madrileño, castigaba como si uno le debiera dinero. En el kilómetro cero eludí el gentío y tomé Carrera de San Jerónimo hasta su confluencia con Ventura de la Vega, donde se ubica uno de mis restaurantes favoritos y que, sin duda es, al que más he acudido en mi vida: La Cabaña argentina. “Paso a mirar” nada más, me mentí, sabiendo que el aroma a carbón y carne que salía por la puerta me arrastraría del hocico hacia dentro. Ni siquiera esto hizo falta porque justo a la entrada del local estaba el dueño, Alejandro, y nos metimos para adentro a la vez, poniéndonos al día desde la última vez que nos vimos y soltando pavadas sin más miramiento que aprovechar el encuentro para reírnos un poco. Cuando abandoné el restaurante, gozosamente lleno por la carne pampeana y un vinito de la Ribera del Duero que se dejaba tomar sin ningún esfuerzo, era ya tarde y al sol le habían quitado protagonismo unas nubes oscuras cargadas de agua. Ni tiempo tuve de llegar a la Plaza de Canalejas cuando se largó a llover con fuerza. Esperé bajo una cornisa a que amainara un poco, pensando en lo hermosos que se ponen los edificios viejos a la luz de los días lluvioso y en las ganas que tenía de comprar un libro.

Decidido, crucé en diagonal hasta la vecina calle Príncipe donde sabía que, a mitad de la misma, había una librería. Compré un ejemplar de “La playa”, de Cesare Pavese y, con el libro bajo el brazo e indiferente a la llovizna persistente en que se había transformado el aguacero inicial,  me dirigí al metro Sol (el más cercano) con ánimo de regresar al hogar. Ya no me sentía mal, aunque tampoco alegre ni contento, pero sí esperanzado en que vendrían tiempos mejores, y celoso de que cierta genial frase, que había escuchado a la veterana actriz argentina Graciela Borges, no se me hubiera ocurrido a mí: “los que pasean, no se suicidan”. “Tenía razón”, me dije, pero estaba tan molido que no quise seguir pensando. Cerré los ojos y me quedé dormido, mecido por el traqueteo del Metro y ansioso de agarrar la cama.

Utopía

utopía o utopia.
(Del gr. οὐ, no, y τόπος, lugar: lugar que no existe). 1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.

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En el Teatro Español, del 15  al 30 de diciembre, está programada la obra Utopía. Según la información publicada en la web oficial Utopía es en su esencia, el título de una danza poetizada que se estructura en ocho partes (o versos) que convocan poemas de Larbi el Harti, Neruda, Benedetti, Machado y Baudelaire. Poemas que ahondan sobre la solidaridad, el compromiso, el exilio, la fugacidad de la vida, la pequeñez de los hombres en un cosmos indiferente a sus miserias y grandezas, y -ahora más que nunca- sobre la necesidad de la imaginación y el idealismo como motores necesarios para el cambio. Está la esperanza incombustible de Don Quijote. Y está también el espíritu de otros autores que han acompañado a María Pagés en el proceso. Autores como Gilbert Durand, Gaston Bachelard, Jean Chevalier y Alain Gheerbrant.

Después de leer esto la pereza me puede, me invade. Suena pretencioso, muy pretencioso. A pesar de ello, tengo que reconocer que es un buen espectáculo, aunque no he logrado ver por ningún lado la fugacidad de la vida, el compromiso, el exilio… 

Lo que si he visto es a una gran María Pagés acompañada de 7 bailaores y otros tantos músicos, con un vestuario horrible, en un espectáculo de corte flamenco al que ha añadido unas pinceladas de danza contemporánea, sobre todo en las complicadas coreografías, para homenajear al arquitecto Oscar Niemeyer. Para ello, ha incorporando en algunas piezas ritmos brasileños sobre letras del mismo arquitecto. El resto del homenaje no supe verlo…

Aunque el principio tiene un momento soberbio cuando María baila “Diálogo” a contraluz, enfundada en un pantalón negro, pierde un poco de intensidad en la preciosa y estética pieza en la que, acompañándose de un gran vestido de gasa roja (imagen de Utopía), interpreta “Conciencia y deseo”, una gran idea pero que da mucho más de si.


Personalmente, creo que una de las mejores partes de Utopía es “Camino rojo”, donde las bailaoras se lucen y seducen con sus abanicos. Una pieza alegre, amena, optimista.

A partir de este momento el espectáculo va ganando fuerza para terminar con un fantástico número en el que María Pagés llena el escenario bailando con una gran bata de cola blanca, aleteando como una alondra, al ritmo del poema “Elevación” de Charles Baudelaire. Un final evocador.